Por consiguiente, rechazamos los instrumentos profesionales y también la forma profesional de educación musical (y, por profesional, queremos decir la que se adopta en las competiciones), pues en ella el intérprete practica el arte no para mejorar él mismo, sino para proporcionar placer -y de un carácter, además, vulgar- a sus oyentes. Por ese motivo, la ejecución de música de ese tipo no corresponde a un hombre libre, sino a un intérprete remunerado, y el resultado es que los intérpretes se vuelven vulgares, pues persiguen un fin malo.

Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.), Política, Libro VIII.

Acabáramos: todo viene de lejos, nada menos que de la Antigüedad clásica. La Historia es cíclica…