Lo que se ve, lo que se oye (lo que se siente) en un concierto es un ideal (efímero) cocinado con diversos ingredientes. Es el resultado de un proceso que comienza mucho antes de ese momento ofrecido al público.

Una vez definido el programa, las horas de ensayo (más o menos inspiradas) son el caldo de cultivo donde van creciendo y madurando frases, ideas, articulaciones y afectos varios.

Por lo general (y dadas las características de los grupos con los que nos movemos, integrados por músicos de diversas procedencias) son ensayos intensivos, de la mañana a la noche, y si la concentración de una persona es difícil de mantener, la de tres, cinco, seis, siete personas sufre, como es natural, altibajos: acabar con un peluche sobre la cabeza tras una veintena de repeticiones u ofrecerle un café con sal al violinista son guiños y necesarias explosiones de risa, que ayudan a relajar la tensión producida por tener que seguir ahí, concentrado, porque no eres tú el único que está trabajando en esto, porque no puedes parar cuando te gustaría o cuando piensas que no das más, porque el grupo sin uno no funciona como grupo, porque el trabajo es de todos…

Y todos llegamos al momento del concierto con un cúmulo de impresiones, de memorias auditivas, de beats de metrónomo (¡dichoso metrónomo!… tendrá su entrada propia), de entrenamiento y repetición, de esos guiños (¡la cara del que probó el café con sal!) que producen la sonrisa del músico cuando durante el concierto llegamos a determinado compás… para dar lugar a un momento único. No es poesía: es imposible que el hecho físico de un concierto se repita del mismo modo. Es la maravilla del concierto en vivo, en directo: es imposible que un músico toque notas durante una hora y al día siguiente lo haga exactamente igual; es imposible, multiplicado exponencialmente, que lo hagan siete músicos juntos; y a esto se añaden, como decíamos al principio, muchos otros ingredientes: el estado de ánimo de todos y cada uno de ellos; la iniciativa del que tira del grupo ese día; la acústica y (cómo no) la estética del lugar; la percepción del público; la temperatura ¡y tantos otros!

Digamos, pues, que esos ensayos nos sirven para plantar una base sobre la que ir añadiendo ingredientes con los que la pizza resulte, al menos, siempre sabrosa…😉

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